Cuando mi corazón palpita al verte del otro lado, mis sentidos se congelan y hierven.
Mis manos transpiran, mi respiración se acelera.
Y de repente bajo al abismo de verte desaparecer, de no llegar a tocarte.
Mis ojos siguen clavados en ti, intentando divisar tus movimientos.
¿De dónde saliste?
La mente ya no me da para seguir este ritmo enfermizo, mundillo en el que sola entré, en el que puedo salir en cualquier momento, pero del que no quiero alejarme.
Respiro hondo, y el aire no me llega.
El ruido se pone irritante, y es inevitable la tensión.
Muevo mi mirada sin éxito de entender.
El ceño fruncido, la boca apretada, los ojos enormes asomando tras unas largas pestañas,
bajo unas finas cejas.
Manos en movimiento continuo, oídos en alerta. Duda latente.
El estómago no parece de mi cuerpo, hay un nudo obstruyendo.
La sangre viajando a toda fuerza, a cada rincón.
Volviste a desaparecer y no quiero esperarte. Volviste a desaparecer y no puedo irme.

