jueves, 15 de diciembre de 2016

Zero

Mientras me dirijo por la bajada hacia el encuentro, la noche reina con una cálida brisa agitada. El oleaje es imperante en la playa, mi pelo tapa mi rostro, y la sangre fluye con rapidez. El corazón me late como una bomba de tiempo, que va a explotar, sin dudas que va a explotar.

Mis pensamientos son efímeros, y lo único que deseo es llegar, aunque los nervios cada vez se tensan más, humedezco mis labios y respiro hondo. Estoy en la escalera de la entrada, enviando el mensaje que me anuncia. Escucho el ruido de la primer puerta, luego la del edificio, en 3 segundos aparece con una sonrisa callada y perversa, con ojos espectantes reflejando un inmenso cariño. Mi respiración ya se entrecorta, el pecho me palpita, y le devuelvo la mirada con un amplia sonrisa tímida.Traspasando el umbral de entrada, el primer contacto es un beso suave en la mejilla y un abrazo apretado, un abrazo de "te extrañé"Pero mis ansias tienen otro fundamento.Dentro del apartamento, las luces están apagadas, las habitaciones están iluminadas por un tenue reflejo exterior. Sobre el sillón me esperan un cinto, dos pañuelos, y un antifaz cerrado.Mis ojos lo entienden todo, las palabras sobran, y solo atino a desnudarme.Las manos frías y el cuerpo erizado por el miedo, la sangre caliente por la expectativa. 

Poco a poco, casi imperceptible se va acercando y se encarga de colocar cada cosa en su lugar: con el antifaz me venda los ojos, con el cinto me ata las manos, y con el pañuelo me tapa la boca, no hay nada más que recubra ni un centímetro de mi cuerpo. Él.Él.Él.

Me recuesta en el piso, y se arrodilla a mi lado, recorriendo mis piernas con la punta de los dedos, que van directo a mi entrepierna, donde sólo amagan llegar, culminando en un roce que logra encenderme cada vez más, y acelerar mi respiración. De repente se aleja, y regresa sigilosamente. mi sentidos intentan identificar qué hace, acaricia mi pecho con un objeto duro, pequeño, lo pasea por mi cuerpo, y se retira. Mi audición se agudiza, sus pasos se alejan y vuelven rápidamente, con un encendedor intenta prender algo, y percibo una luz.

 Una vela. 

Comienza a besarme el cuello, de un modo inquietantemente lento, mientras mis manos siguen atadas y yo cada vez más indefensa. Su boca llega hasta mi vientre, y continua su viaje en ascenso de nuevo hacia mi cuello. No termina de llegar y se detiene, percibo su sonrisa brillante y su mirada oscura. La luz se acerca, la vela. La primer gota fue como si quemara parte de mi alma, se me escapa un grito fino, mezcla de placer y dolor, sorpresa y desespero. Mi mente esta en blanco, más bien en negro. Mi cuerpo hierve y sigo erizada. Ya a la cuarta gota quiero que esto termine, pero necesito que siga. Quema, arde, me gusta, no aguanto. Grito y recibo una cachetada, y vuelvo a hacerlo, y la cachetada se intensifica, y otra vez grito, pero esta vez recibo un beso en la frente.

Mi cuerpo esta cada vez más cubierto de cera adhiriéndose a mi piel, mientras las lagrimas emergen de mis ojos. Él se detiene, me levanta en sus brazos y me traslada hasta la cama. Me recuesta boca a bajo, me saca las vendas de las manos y de la boca. Las sabanas están frescas y alivian el ardor de las leves quemaduras. Me acaricia el pelo, mientras quedo tendida, mis ojos siguen vendados, y siento algo frío en la espalda. Sus manos suaves están encremando mi cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos. Sin previo aviso su mano me da un golpe fuerte en la nalga derecha, continuando con otro más fuerte en la izquierda, y en la derecha, y lo repite, mi voz se ahoga en la almohada. Mi piel se adormece y ya no siento los golpes, sólo quiero que siga haciéndolo. Sus manos se detienen, y vuelven a pasarme crema en las nalgas que ahora tienen un color rojo intenso. Me pone boca arriba, estoy exhausta. Siento sus dedos ir a mi entrepierna y entrar, salir y entrar, para luego estallar en una convulsión que me viaja a otro mundo. Mi cuerpo queda allí, pero mi mente voló a mil años luz.